domingo, 24 de agosto de 2014

DESTINO.

   Érase una vez, en algún momento de algún año de alguna estación de los hombres, en que había un hombre y una mujer que se amaban. Se amaban con un amor tan feroz y tan doloroso que llegó un momento en que ninguno de los dos soportaba la presencia del otro. Pero la sola idea de separarse les torturaba como la más refinada crueldad.
   Llegó un día en que decidieron poner fín a todo. Habían invocado a dioses y demonios, y habían buscado consejo en Olimpos e Infiernos sin resultado alguno. Y hacía mucho tiempo que habían renegado de la ayuda que pudieran darle los de su especie.
   Un atardecer cualquiera, de un día como cualquier otro, convinieron en coger cada uno su coche y salir de sus respectivas ciudades. Se encontrarían en determinada vía del tren y allí mismo harían chocar de frente sus vehículos y si acaso el golpe no acababa con ellos, el próximo tren que pasara por aquel lejano campo los remataría...
   Y ejecutaron su plan, hastiados ya de aquella unión que los consumía por dentro poco a poco. Pero algo salió mal, terriblemente mal, y no murieron en el accidente. Y el tren no pasó nunca por aquella vía muerta... El atardecer se alargaba como se alargaba su conjunta agonía. Y aunque mientras la noche se alzaba sus manos se buscaban, nunca se encontraron...
   Se cuenta que al amanecer ya habían muerto los dos, pero nadie lo sabe con certeza. Pudieron tardar días en morir mirándose a los ojos o maldiciéndose. Eso sólo lo saben los animales que les observaron llorar amargamente increpando a un Destino cruel hasta el mismo final...
   Pasaron muchos, muchos años, y de todo esto apenas quedaba nada: los coches, chatarra invadida por la naturaleza, óxido de lluvia, hierba dulce de amantes y flores de soles que giraron su rostro ante la tragedia. Ellos, dos vulnerables esqueletos que aún se buscaban la mirada tras sus cuencas vacías...
   Dicen que cuando los encontraron, pequeños animalitos habían hecho madriguera y refugio en las cavernas de sus pechos vacíos, y que pájaros de alas azules como el mar habían anidado en sus cráneos. Los encontraron los hombres de la ciudad una noche, más no se atrevieron ni se atreverán nunca a quitarlos de aquel prado ni de aquella vía. Su tumba está cerca del bosque, y allí seguirá para siempre. Las lechuzas y los búhos aún cuentan cómo se susurraban aquella última noche sus promesas para la otra vida. Y los ciervos y las liebres y las águilas durante el día relatan aún a otros animales las chispas de odio que saltaban entre los ojos de ambos en el tercer y último amanecer que vieron juntos.
   Y todos ellos juran que ahora les ven caminar por el bosque, lejos de todo menos de ellos mismos, y dicen que ahora son parte de las tormentas, y que son uno sólo al fin sin dolor alguno ni desdicha.
   Esto lo sé porque hace mucho que aprendí a no escuchar a los humanos...